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Es como si necesitara buscar algo que no sabe bien qué es, o como si la inocencia que, después de sesenta años no termina de agotar, necesitara cada día nuevos aires para sobrevivir. Ahora vive en Bucaramanga, la ciudad que finalmente la retuvo. Acompaña a los hijos y disfruta de los nietos y de algo de tranquilidad, pero confiesa que termina por aburrirse de no hacer nada, de no sentir el vértigo de la calle.

De aquella habitación sale en la mañanas hacia el centro. Una vez allí, se compone un poco y se para en la puerta de un deteriorado hotelito.

Sesenta años hacen costumbre y aunque el oficio es muy competido no pierde la esperanza de que cada día sea mejor que el anterior. La otra noche fue a celebrar el cumpleaños de Claudia, una amiga del trabajo, a un viejo bar de Chapinero. No quería ir, pero Claudia la llamó y la convenció: Con las pocas monedas que tenía pagó el bus que la llevó a Chapinero y llegó al bar donde la esperaba Claudia.

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Así que se lanzó contra el agresor con fiereza y no solo logró defenderse, sino que logró herirlo. Como tantas otras noches llegó la Policía, llegaron las requisas, los gritos, los abusos.

Pasó tres días ahí, un puente entero sin poder llamar a Zulma, sin comer ni beber nada. Encerrada, como tantas otras veces, tuvo tiempo para los recuerdos, pensó en la vida, en doña Cristina, en Ramón, en Miguel, en Ulises, en el chofer del bus que la llevó a Bucaramanga. Pensó en toda la violencia, amor y desamor que ha soportado, en los hijos que son inevitables, en la ternura de los nietos, en la humedad de Cali, en los calores de Rovira.

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